“Nunca presté atención al dinero y siempre pensé que la fama era algo vulgar. Tan sólo trabajé y esperé. Y al final de mi vida, me están llegando muchos reconocimientos para mi asombro y placer”

“La línea recta es, para mí, el principio y el final, empiezo mis cuadros con una línea recta horizontal o vertical y a partir de ahí surge la lucha… Siempre busco la solución más sencilla, más depurada, más pura y esencial. La geometría es la estructura de la poesía. Y hay poesía en mi visión pictórica.”

Carmen Herrera nació el 31 de mayo de 1915, en La Habana, Cuba y ha vivido en la ciudad de Nueva York desde mediados de la década de 1950. Es una pintora abstracta y minimalista, su reconocimiento internacional le ha llegado tarde en la vida. Creció en su país bajo el gobierno de Batista, repudiado por su madre, feminista y periodista, y su padre, fundador del diario El Mundo. Carmen recibió clases de arte desde niña, cuando tenia ocho años, con el profesor Federico Edelmann. Avanzó en su formación y, en 1929, a la edad de 14 años, asistió a la Escuela Marymount en París. En 1938, Herrera continuó su educación en la Universidad de la Habana para estudiar arquitectura, donde permaneció solo un año académico. Este año tuvo un fuerte impacto en Herrera y se la cita diciendo: “Allí, se me abrió un mundo extraordinario que nunca se cerró: el mundo de las líneas rectas, que me ha interesado hasta el día de hoy”. En 1939, Herrera se casó con Jesse Loewenthal, a quien conoció en 1937 cuando estaba de visita en Cuba. De 1943 a 1947, estudió en la Art Students League en la ciudad de Nueva York, donde recibió una beca. Estudió pintura con Jon Corbino. Luego comenzó a tomar clases de grabado en el Museo de Brooklyn, pero se fue después de un año. En Nueva York, Herrera tuvo problemas para ser incluida en exposiciones de museos, y sintió que La Habana le habría brindado más oportunidades. En 1948, Herrera y Loewenthal se mudaron a París, unos años después de la Segunda Guerra Mundial, donde permanecieron durante casi cinco años. En ese momento, la ciudad era un lugar de encuentro para diversos estilos y movimientos artísticos. Durante ese período Carmen se puso en contacto con el trabajo de Albers, Jean Arp, Sonia Delaunay, la escuela de la Bauhaus, y con el suprematismo ruso. Se codeaba con Ellsworth Kelly y Frank Stella, artistas que exploraban en simultáneo el abstraccionismo con formas geométricas. “Estaba buscando un vocabulario pictórico y lo encontré allí”, ha dicho la artista sobre su etapa parisina, “pero cuando me mudé a Nueva York, el tipo de arte que yo hacía —Abstracción geométrica- no era aceptable. El Expresionismo abstracto estaba en su apogeo. Ninguna galería estaba interesada en exponer mis obras”. Durante décadas, Herrera celebró esporádicas exposiciones individuales, incluyendo muestras en un par de museos (The Alternative Museum en 1984 y El Museo del Barrio en 1998). Pero nunca vendía nada y tampoco parecía buscar desesperadamente la aceptación del mercado. “Habría sido agradable, pero tal vez corruptor”, dijo en una ocasión. En 2004, el nuevo director del Museo del Barrio, Tony Bechara, durante una charla sobre pintoras y geometría con Frederic Sève, dueño de la galería Latin Collector de Manhattan, sacó a colación su nombre. “¿Pero quién es esta Carmen Herrera?” preguntó sorprendido el galerista. A la mañana siguiente, Sève recibió en su galería varios lienzos que evocaban a los de la famosa artista brasileña Lygia Clark, pero que, en realidad, eran de Herrera. “Vaya, vaya…Aquí tenemos una pionera”. Rápidamente contactó con Ella Fontanals- Cisneros, prestigiosa coleccionista que tiene una Fundación de arte en Miami, que adquirió cinco pinturas de Herrera. Estrellita Brodsky, otra destacada mecenas, compró otras cinco, y Agnes Gund, Presidenta emérita del MoMA, también se hizo con varias obras; Bechara donó al MoMA uno de los emblemáticos lienzos en blanco y negro de la pintora cubana. Desde aquella primera venta en 2004, los coleccionistas han perseguido con ahínco sus pinturas, ascéticas y brillantes, que se han revalorizado y entrado en las colecciones permanentes de instituciones como el MOMA que la ha incluido en su panteón de artistas latinoamericanos.
¿Cómo no admirar a la pionera de un movimiento artístico que se pasó la vida a la sombra de las galerías y, a pesar de todo, se mantuvo fiel a sí misma y jamás renunció a sus cuadros?
Su forma compulsiva de pintar nos lleva al día de hoy que, con 105 años, continua pintando cotidianamente con ayuda de Manuel, uno de sus cuidadores. Cuando le preguntan por qué eligió el Hard edge (movimiento pictórico de la pintura abstracta definido por las transiciones abruptas entre las áreas de color, que generalmente son de un solo color invariable. Las transiciones de color se dan muchas veces a lo largo de líneas rectas, aunque los bordes curvos también son comunes) como forma de expresión ella responde: “Si lo pudiera decir con palabras no pintaría. Un artista es el menos indicado para hablar de arte, un artista tiene que hacer arte del arte”.

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