Torres Agüero

Acuario

por Julio Cortázar

Con un sútil artificio de rampa de lanzamiento, la pintura de Leo Agüero nos proyecta fuera de tanta monótona gravedad cotidiana para instalarnos en una órbita donde la amistad entre el espacio, la línea y las hormigas es posible donde diminutos guantes de fieltro escriben inmovilizados y velocísimos un mensaje que va de rama en rama y de hongo en hongo; mensaje para nadie y quizá por eso para todos, ya que su eficacia nace justamente del esquivo azar que la sensibilidad suscita y favorece sin otro fin que el líquido caer de la gaviota sobre su ala; la danza en torno al arca; la misteriosa migración de las polillas en los plenilunios. Ante una pintura que tanto tiene de operación mágica -pero la magia es una ascesis, un largo y riguroso descenso hacia lo alto, no lo olviden quienes se obstinan en confundir liviandad con ligereza-; asombra casi que el pintor decida desde fuera, con las seguras armas del oficio, esa otra más secreta decisión que viene del instinto, ese oráculo zigzagueante que en cada cuadro propone una enigmática respuesta a las preguntas del deseo. E1 equilibrio en su forma más ardua eso que hace la gracia de la ardilla o el ciclo del planeta, esa indecible alianza de la exigencia y la fugada a las pinturas de Agüero la exacta tensión que las mantiene vivas en su acuario, el ritmo que repite el respirar sigiloso de las plantas. Su arte nace de fijar el instante, sin que cese la vida, de que todo está allí latiendo en el exacto centro el cristal de roca. Un vaivén de la tela boca arriba, y ya la tinta puebla la nada, instala cadenciosa sus aduares en la blanca arena sin tiempo. Pero el rabdomante conocía la vena del agua, esas manos orientaron sus criaturas con la certeza de una larga vigilia. Por eso, creo, hay en esta pintura como una felicidad profunda, un sentimiento de conciliación y de encuentro. Los menudos seres que la habitan levantarán sus tiendas y seguirán a nuevas aventuras; pero cada etapa del viaje estuvo marcada por una estrella fiel, tuvo el sabor de la fruta mordida a mediodía y el temblor del hombre cuando llega el instante de elegir y siente el temible, el delicioso privilegio de su libertad como un viento en plena cara.

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