La esclavitud, de Francisco Cafferata

La escultura tiene la dimensión humana, es a tamaño real. Su autor la bautizó como “La Esclavitud”, pero se hizo popular como “El Esclavo”. Veinte años tenía Francisco Cafferata cuando creó en Florencia esta obra en bronce, pero que se hizo en la Fundición de A. Jonis, ubicada en la calle Malabia 434 de la ciudad de Buenos Aires. Estos datos están grabados en la base de la obra. El año de su creación es 1881. Al año siguiente, la exhibe en la Exposición Continental  que se realiza en Buenos Aires. La obra logra la medalla de oro del  evento y el escultor la consideración de la crítica. En 1905 el gobierno porteño la adquiere para su patrimonio cultural.

Hoy está ubicada en un lugar apartado o poco destacado de los bosques de Palermo. Para ser preciso, está al lado del Jardín Japonés y frente al Club de Amigos.

No abundan muchos trabajos críticos sobre este “Esclavo”, como también se la cita en algunos libros, tal el caso de la “Historia General del Arte en la Argentina”, en cuyo apartado de escultura apenas se la menciona indirectamente por referencia a su autor. Y de lo poco disponible, creo interesante destacar estos dos comentarios.

Eduardo Parise la define con precisión: “La figura (un hombre de raza negra, desnudo) muestra sus muñecas encadenadas y aparece caída, en una actitud de total resignación. El equilibrio del trabajo, realizado en bronce, está rematado por la cabeza, de una gran belleza, y que merece apreciarse desde todos los ángulos. El artista consideró que aquella doliente imagen del esclavo no debía estar de pie sino abatida y llena de impotencia, reflejando su situación de persona vencida

El antropólogo y sociólogo Alejandro Frigerio la define en su blog así:

“ La escultura representa a un esclavo de raza negra, desnudo y encadenado, sentado sobre su cadera con las piernas reclinadas y apoyado sobre su mano derecha. El rostro trasunta el cansancio de un aparente y transitorio reposo. Si bien Cafferata se apega a las normas académicas, la obra denota interés por la representación naturalista, particularmente en la posición escogida y en el sugestivo tratamiento del rostro del personaje”.

FRANCISCO CAFFERATA

Las biografías dicen que era hijo de inmigrantes italianos, que nació en Buenos Aires el 28 de febrero de 1861, en la esquina de Pedro de Mendoza y Martín Rodríguez, en el barrio porteño de La Boca. También dicen que estudio pintura con Julio Laguens y pocos recuerdan que estudio algo de escultura con Francisco Parodi, un genovés, buen artesano de proas de barcos y que es el pregonero de la escultura y el fomento de las artes en la ribera del Riachuelo.

En 1877 se va a estudiar a Europa. El respaldo de la fortuna familiar le permite programar ocho años de residencia. Se forma en los talleres de Urbano Lucchesi y luego en el de Augusto Passaglia.  Cafferata adquiere una sólida formación academicista que luego va a modificar hacia el naturalismo. La crítica Nelly Perazzo dice en “Historia Crítica del Arte Argentino” (1995): “Este artista, dentro del verismo escultórico finisecular, pero con un modelado potente y una dramática expresividad, se coloca fuera de los límites de la escultura académica”.

 En 1883, el pintor, crítico e historiador Eduardo Schiaffino destaca ampliamente su obra en Apuntes sobre el arte en Buenos Aires. Para ese momento,  Cafferata todavía vivía en Florencia donde había realizado innumerables trabajos: retratos, bustos de próceres, cabezas de mulatos, figuras históricas y alegorías, todas ellas ejecutadas dentro del aprendido estilo academicista, aunque en algunos casos con cierto vigor naturalista como en esta obra. El comentario y espaldarazo crítico de Schiaffino llega un año después que su obra La Esclavitud o El Esclavo o Esclavo, hubiera recibido el máximo premio en la Exposición Continental de Buenos Aires. Dos años más tarde, en 1885, regresó a Buenos Aires y trajo consigo el monumento al Almirante Guillermo Brown que se convertiría en la primera escultura pública realizada por un autor argentino. El 2 de febrero de 1886 se inaugura la obra en la localidad de Adrogué. Como anécdota del hecho, queda que al autor se le pagó con unas hectáreas de tierra, tal como era la costumbre en esos tiempos.

Cafferata le pone fin a su vida el 28 de noviembre de 1890. Se suicida dejando inconclusa la obra Falucho, que luego terminará Lucio Correa Morales, su compañero de estudios en Florencia en los talleres de Lucchesi y Passaglia. Dejó una obra de gran interés a pesar de su corta existencia, apenas 29 años. Se destacan sus monumentos a Belgrano y la tumba de Colombres en Tucumán, los bustos de Sarmiento, Mitre, Espronceda y José Bouchet, el monumento a Brown mencionado y los de Rivadavia, Moreno y Lavalle en Buenos Aires.

Pero Cafferata tiene una obra que supera los límites de la glorificación de próceres y que se muestran en La niñez de Giotto y Cabeza de Esclavo (ambos en el Museo Nacional de Bellas Artes), en Cabeza de Mulato (Museo Castagnino de Rosario) y figura funerarias como Meditación y El dolor. Otras obras se pueden ver en el Museo Histórico Nacional, de Bellas Artes de La Boca “Benito Quinquela Martín” y Provincial de Bellas Artes de Mendoza. Gran parte de la obra más importante y expresiva de Cafferata tiene como tema central la esclavitud, la negritud y el mestizaje.

Cafferata y Lucio Correa Morales son los fundadores de la escultura en Argentina. Nelly Perazzo, en el libro citado dice: “Con Francisco Cafferata y Lucio Correa Morales comienza la escultura argentina moderna. Luego el recorrido es vertiginoso”. 

En “Historia General del Are en la Argentina”, Tomo VI, edición de la Academia Nacional de Bellas Artes, se destaca: “Antes de asumir la cátedra de la Sociedad de Estímulo de Bellas Ares de Buenos Aires Lucio Correa Morales, había sido imposible el adiestramiento de un escultor en Argentina. Los contados extranjeros que actuaron en el país no tuvieron discípulos. (…)Los primeros escultores argentinos que actuaron en la segunda mitad del siglo XIX fueron Lucio Correa Morales y Francisco Cafferata, formados en Florencia. Antes de realizar ellos monumentos conmemorativos o funerarios, tales obras se confiaban invariablemente a escultores extranjeros, pocos de los cuales estaban radicados en Argentina”.

Por César Manuel Sarmiento

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